La comunicación humana. El tiempo de espera. La confianza, ¡ingenua!. El respeto mutuo, ¿mutuo?, creía.
Los tachones, los parches, los pinchos en el caucho de alguna bicicleta. Dos aprendices de frase intentan conversar.
Hay una tapadera apoyada contra la línea, orgullosa, que intenta desempeñar la difícil tarea de separar al verano del otoño, la inactividad de la obligación, de la mejor manera posible. Me espera, aprovecha la primera ráfaga de viento frío que dedica a las calles la recién estrenada estación para sorprenderme. Es una tapadera, con lo cual hay algo que ha quedado desprotegido y me pica la curiosidad. El primer instinto es pivotar sobre el punto en el que te encuentras mientras concentras la mirada en alguna posible pista. No hay cubos reclamando intimidad, tampoco hay cajas muriéndose de vergüenza, pero sí hay alguien sentado en un banco. Sostiene una cadena que no esclaviza a nada. Abrazándome, me aproximo. Es tal su quietud que al moverse doy un respingo. Su silvido es agudo e inmediata la respuesta. La silueta de una tapadera sale desde una esquina y dos frases adolescentes se materializan ante él. Asiento con la cabeza y no dejo de hacerlo durante el rato que dura nuestro encuentro.
La información no tiene dispensador, no entra en la memoria por goteo, ni te la inyectan en varias dosis. Descubrir nunca se conforma con un tema y acaba en timbas ilegales trapicheando con la indiscreción.
Dejé de asentir y me senté en el suelo. Con las aletas de la nariz dilatadas y una ceja a medio camino entre el arqueamiento y el fruncido. Elegí una goma de borrar verdades, un actualizador de mentiras y una calculadora de momentos. Algo cayó a mi lado con un sonido metálico. El extremo de la cadena, tras reclamar mi atención, se enganchó a la tapadera. Los dos pequeños discípulos del lenguaje miraron a su maestro y yo ví en él a mi amigo.
Antes no se conoce. Se acaba desconociendo.
17 sept 2009
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En algún lugar se hallará alguna piedra de pintura reseca esperando la dulce lluvia otoñal y deseando que su tapadera vuelva, seguida de la cadena, agarrada por el amo que pintará con ella los bellos tonos ocres de la temporada.
ResponderEliminarBuena interpretación. La mía es muy distinta, quizá porque la escribí yo, pero no para que la entendáis como yo.
ResponderEliminarEs lo que tiene la comunicación, lo que el emisor trata de transmitir no es igual que el mensaje, que a su vez tampoco tiene mucho que ver con lo que el receptor quiere entender...
ResponderEliminarPura subjetividad...
Magia de objetividad
ResponderEliminarLa verdad es que si lo piensas es absurdo que exista la palabra "objetivo" en un sistema que se basa en la subjetividad...
ResponderEliminarPor eso la empleo tanto, DADA
ResponderEliminarSi, eso es lo que pronuncian muchos bebés por primera vez...
ResponderEliminarY por última vez...
ResponderEliminarDepende de si esa última vez tienen lengua o nó, quizas alguien se la haya cortado por hablar demasiado...
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