Debe ser alguna hora de la madrugada, bueno, qué más da. Vaya, aquí hay un borrón, veamos. No consigo intuirlo. Mierda, ni siquiera alejándolo de mí... me limpiaré las gafas. Las manos actuan solas mientras escudriño el papel arrugado. Nada. Resoplo y me arrastro hasta el paquete de tabaco, me enciendo un cigarrillo. Me doy cuenta de que estoy bizqueando y parpadeo repetidas veces, pero la incógnita sigue ahí.
Aquí hay un borrón, veamos. No consigo entenderlo, mierda. Me rasco la oreja, enciendo una luz auxiliar, repito mentalmente la única idea que tengo, la idea dice siempre; mierda.
La saga pide más capítulos, el bolsillo me rasca la pierna, pero no puedo inventar, no debo inventar nada. Al lector le da igual, no se planteará otro posible, pero yo necesito descifrar esa mancha esparcida sobre una, dos o tres palabras. El humo colabora con la pesada densidad del aire y actúa de cortina entre el escrito, yo y la verdad.
14 oct 2009
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