30 sept 2009
Versión de uno de los tres
" Estuvo atada a una tabla de madera, a una de esas en las que se corta queso o se pican los ajos. Diré que estaba inconsciente para que así la perdonéis. Tras varios días, no pude soportar más la mirada de la impaciencia y le abrí los ojos. Cogí un espejo de mano y a través de él le mostré dónde se hallaba. Un suelo de baldosas grises de mármol, las paredes gruesas. El techo lucía un fluorescente arrítmico. Aguanté la risa ante su desconcierto, guardé los insultos por respeto, pero la mente humana no puede guardar el tercer pensamiento cruel y me guste o no, algo de humano tengo, o soy, no estoy seguro. La golpeé, le sentó muy mal, pero eso fue antes de descubrir que había sido víctima de abusos mucho más perennes".
Segunda versión
"Al principio no entendí nada de lo que me estaba intentando explicar, no es de extrañar. Alguien que no hablaba, casi nunca gesticulaba y tampoco miraba a los ojos.
La primera vez que me tocó, sentí algo raro. No fue una reacción al tacto, ni a la temperatura. Mas bien fue una reacción a algo desconocido, que aún hoy desconozco y el día en que al fin pueda conocer, no me merecerá la pena, pues eso significará que la vida se me acaba.
Días después se recibir los golpes, si me retorcía sobre mi prisión de madera llegaba a vislumbrar la piel amoratada de las piernas. También de los brazos. No lo veía, pero notaba el incremento de pigmentación en mis pómulos, hora tras hora, e imaginaba el aspecto. Por mucho que quisiera no pensar en ello, era la única sensación presente en aquella cocina, a algo tenía que dedicarme y nada que no fuera mi propio sufrimiento conseguía distraer mi atención. Allí no hay demasiadas opciones.
Con el tiempo entendí el lenguaje con el que habla la luz. Paciencia y al poco tiempo pude disfrutar de las charlas que mantenía con la figura del grillo de escayola. El insecto inerte reposaba sobre una nevera de aspecto desgraciado y amarillento que daba la sensación de envidia hacia la luz. Por ponerle edad, era vieja.Había presenciado muchas cosas. Llevaba tanto tiempo estacionada en el mismo sitio que bautizaba a las pelusas que se iban formando en el espacio que, mediante unas patas insultantemente pequeñas, se formaba entre ella y el suelo. Si algún día se levanta a ese grillo del lomo de la nevera para trasladarlo a otro lugar, quedaría una sombra perfilada por motas de polvo".
La primera vez que me tocó, sentí algo raro. No fue una reacción al tacto, ni a la temperatura. Mas bien fue una reacción a algo desconocido, que aún hoy desconozco y el día en que al fin pueda conocer, no me merecerá la pena, pues eso significará que la vida se me acaba.
Días después se recibir los golpes, si me retorcía sobre mi prisión de madera llegaba a vislumbrar la piel amoratada de las piernas. También de los brazos. No lo veía, pero notaba el incremento de pigmentación en mis pómulos, hora tras hora, e imaginaba el aspecto. Por mucho que quisiera no pensar en ello, era la única sensación presente en aquella cocina, a algo tenía que dedicarme y nada que no fuera mi propio sufrimiento conseguía distraer mi atención. Allí no hay demasiadas opciones.
Con el tiempo entendí el lenguaje con el que habla la luz. Paciencia y al poco tiempo pude disfrutar de las charlas que mantenía con la figura del grillo de escayola. El insecto inerte reposaba sobre una nevera de aspecto desgraciado y amarillento que daba la sensación de envidia hacia la luz. Por ponerle edad, era vieja.
17 sept 2009
Desprefijado
La comunicación humana. El tiempo de espera. La confianza, ¡ingenua!. El respeto mutuo, ¿mutuo?, creía.
Los tachones, los parches, los pinchos en el caucho de alguna bicicleta. Dos aprendices de frase intentan conversar.
Hay una tapadera apoyada contra la línea, orgullosa, que intenta desempeñar la difícil tarea de separar al verano del otoño, la inactividad de la obligación, de la mejor manera posible. Me espera, aprovecha la primera ráfaga de viento frío que dedica a las calles la recién estrenada estación para sorprenderme. Es una tapadera, con lo cual hay algo que ha quedado desprotegido y me pica la curiosidad. El primer instinto es pivotar sobre el punto en el que te encuentras mientras concentras la mirada en alguna posible pista. No hay cubos reclamando intimidad, tampoco hay cajas muriéndose de vergüenza, pero sí hay alguien sentado en un banco. Sostiene una cadena que no esclaviza a nada. Abrazándome, me aproximo. Es tal su quietud que al moverse doy un respingo. Su silvido es agudo e inmediata la respuesta. La silueta de una tapadera sale desde una esquina y dos frases adolescentes se materializan ante él. Asiento con la cabeza y no dejo de hacerlo durante el rato que dura nuestro encuentro.
La información no tiene dispensador, no entra en la memoria por goteo, ni te la inyectan en varias dosis. Descubrir nunca se conforma con un tema y acaba en timbas ilegales trapicheando con la indiscreción.
Dejé de asentir y me senté en el suelo. Con las aletas de la nariz dilatadas y una ceja a medio camino entre el arqueamiento y el fruncido. Elegí una goma de borrar verdades, un actualizador de mentiras y una calculadora de momentos. Algo cayó a mi lado con un sonido metálico. El extremo de la cadena, tras reclamar mi atención, se enganchó a la tapadera. Los dos pequeños discípulos del lenguaje miraron a su maestro y yo ví en él a mi amigo.
Antes no se conoce. Se acaba desconociendo.
Los tachones, los parches, los pinchos en el caucho de alguna bicicleta. Dos aprendices de frase intentan conversar.
Hay una tapadera apoyada contra la línea, orgullosa, que intenta desempeñar la difícil tarea de separar al verano del otoño, la inactividad de la obligación, de la mejor manera posible. Me espera, aprovecha la primera ráfaga de viento frío que dedica a las calles la recién estrenada estación para sorprenderme. Es una tapadera, con lo cual hay algo que ha quedado desprotegido y me pica la curiosidad. El primer instinto es pivotar sobre el punto en el que te encuentras mientras concentras la mirada en alguna posible pista. No hay cubos reclamando intimidad, tampoco hay cajas muriéndose de vergüenza, pero sí hay alguien sentado en un banco. Sostiene una cadena que no esclaviza a nada. Abrazándome, me aproximo. Es tal su quietud que al moverse doy un respingo. Su silvido es agudo e inmediata la respuesta. La silueta de una tapadera sale desde una esquina y dos frases adolescentes se materializan ante él. Asiento con la cabeza y no dejo de hacerlo durante el rato que dura nuestro encuentro.
La información no tiene dispensador, no entra en la memoria por goteo, ni te la inyectan en varias dosis. Descubrir nunca se conforma con un tema y acaba en timbas ilegales trapicheando con la indiscreción.
Dejé de asentir y me senté en el suelo. Con las aletas de la nariz dilatadas y una ceja a medio camino entre el arqueamiento y el fruncido. Elegí una goma de borrar verdades, un actualizador de mentiras y una calculadora de momentos. Algo cayó a mi lado con un sonido metálico. El extremo de la cadena, tras reclamar mi atención, se enganchó a la tapadera. Los dos pequeños discípulos del lenguaje miraron a su maestro y yo ví en él a mi amigo.
Antes no se conoce. Se acaba desconociendo.
15 sept 2009
Eclosión

No hubo juez, ni testigos, tan solo los culpables. Sentados uno al lado del otro, sin distancia de seguridad, vaciando vasos. Esta vez el guión que acostumbra a leer mi voz se tomó un respiro e incluso me guiñó un ojo, imagino que también me dedicó una sonrisa que no llegué a ver. Necesitamos meses de ausencia para dejar ganar de una vez por todas al silencio a gritos. Al fin hay un punto enorme concluyendo estos últimos años, borrando de la memoria fechas que en su momento fueron clave. Espero no echar en falta a esas largas espirales que confeccionaban mi horario.
Hoy, estoy borracha de sensaciones. Y he reducido el número de certezas a una: siempre hay un próximo sobresalto.
14 sept 2009
Presentaciones
Al fin, tras varios intentos fallidos de negociar con mi ordenador un rendimiento medio por su parte y una mejora considerable en cuanto a su manejo por la mía, éste ha accedido. Una nueva perspectiva de color y multifunción florece. Sea pues.
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